Anorexia: un enfoque diferente

Agosto 5, 2007

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¿Qué publicista, doctor, terapeuta, moralista o reinvindicada ana tuvo la solemne idea de proclamar la ausencia de amor en las perturbadas pacientes que sufren de anorexia nerviosa o de cualquiera de sus nefastos derivados? Si lo que precisamente destilan estas chicas es eso, un rebasado y disperso, pero creciente ego, aquel elemento que hace al individuo consciente de su propia identidad y de su relación con el medio (¡¿publicitario?!). Una muestra clara de ello es el constante y afiebrado uso del espejo, aliado número dos, después de la balanza, de estas incólumes almas que buscan, entre otras tantas cosas, reflejar en sus pálidas mejillas la imagen de su heroína del último número de Bazaar.

Pareciera ser que la constancia es su lema, frente al cual se desvanece tanto argumento científico en rescate de estas ninfas pseudo-suicidas. Y seguirá desvaneciéndose aún más si es que no se cambia el enfoque viejo con que se viene tratando este problema década tras década. Pareciera un tanto lógico -salvo contadas excepciones de chicas que expresamente corren tras el objetivo de desaparecer del mapa, masoquismo incluido- pensar que la razón por la cual las susodichas se esmeran tanto por alcanzar la talla infra-S está muy lejos de ser la falta de autoestima, en el sentido de quererse a sí mismo. En cuanto al hecho de aceptarse a si mismo, creo que ahí si tienen toda la razón los profesionales de la salud mental, en derivarlas a consulta externa.

Volviendo al hecho de quererse a si mismo: si te quieres, crees que vales la pena, crees en tí, te fijas metas que sabes las cumplirás. Ahí es justo donde aparecen, sino todas, el grueso de pacientes de anorexia: ellas invierten en sí mismas, lo dan todo por el todo: tiempo, dinero, control, organización, y una racha de otros tantos valores (llamen a esto disciplina si así lo desean) que buena falta le harían a algunas mujeres -y hombres, por supuesto- que no están ni flacas ni anoréxicas y que, en el concepto popular, sí se quieren a si mismas. Si no, ¿por qué entonces pasan horas de horas quemándose el alma si no tienen la certeza de que tras su esfuerzo lograrán la extrema delgadez de pasarela?

Ellas, en mi opinión, se quieren, delgadas, pero se quieren. Al menos desde una difusa, distorsionada y acaso enferma concepción. Si volteamos la cara de la moneda, vemos que aquellas que se quieren, que lo comen todo y no devuelven nada, no son más que el grupo pasivo de la globalización feminista, que se resiste a caer en los tentáculos de la publicidad (¡que está por todas partes!, hasta en la amiga que os visita), que da media vuelta a la derecha pero siempre de frente, ante cualquier estímulo ponzoñoso que le grita que siendo flaca se vive mejor, no importa si tiene que llenarse el estómago con ínfimos gramos de arroz toda la semana, o simplemente es el descuido andante.

Lo que cuenta es saber que, si se quiere atacar con publicidad este problema causado precisamente por la publicidad (échenle la culpa a los padres y al universo entero que habita el cerebro de las chicas, pero lo cierto es que los mensajes externos resultan nocivos y peligrosamente persuasivos en estos casos, al menos), se debe actualizar algunos conceptos para que la campaña social obtenga el éxito deseado y se puedan recuperar estas y otras cándidas vidas.