Qué alegría tan grande tengo de que mi primer post oficial esté dedicado a la animación en el cine, tópico que llama profundamente mi atención por lo que supone: una parte esencial en la historia, no sólo del cine o la animación, sino de la humanidad; una fusión del plano cinematográfico y el arte digital y, como lo estoy viendo, un punto de reinvindicación, si acaso cabe el término, de los peligros de la desvirtuación que el formato 3d y su vasta estirpe estuvieron a punto de presenciar casi en simultáneo algunos meses atrás (léase boom de formatos extensamente ofensivos y destructivos al cien por cien que, estéticamente cuando menos, confinaban al 3d a un lugar oscuro, morboso, artificial, sin posibilidad de ofrecer alternativas más nobles de animación.
No obstante, creo y estoy segura de que es el hilo de la emoción el verdadero móvil de estas líneas, no sólo porque así lo señale mi perfil de blogger, sino porque hoy, mejor dicho ayer, tuve la grata experiencia de presenciar y participar de un acto bastante fuera de lo común -al menos en mi país y ciudad-, en una sala de cine local. Naturalmente no estoy hablando de la proyección de la película la cual, como ya les había comentado, es de animación, la famosa Ratatouille, una película de Pixar presentada, literalmente, por Disney Pictures.
Me refiero a la ovación espontánea del público, conformado principalmente por: niños, jóvenes, adolescentes, adultos, familias enteras, en pocas palabras, un público multigeneracional. Un público, por definición, sin mucha o con una apenas leve sintonía con los rigurosos criterios para calificar a una película, sobre todo una de animación, que hagan de ella una digna de ovación. ¿Qué fue entonces lo que pasó en la sala?
O bien el argumento, o bien las moralejas, la escenografía, tal vez el carisma de los personajes, la animación o el humor quizá, o el efecto mariposa o dominó, como quieran creer o llamarlo. Haciendo un breve pero necesario bosquejo, la película a grandes rasgos es una fábula gastronómica que ilustra, sin ser demasiado didáctica ni golosa, el valor, la constante lucha por seguir los ideales, los sueños nobles, la confianza en uno mismo y la necesidad de una vida colectiva e individual para el bien común, en otras palabras, la cooperación (algunos la llamarán solidaridad). Son sólo algunos de los valores personificados por la rata-chef Remy y Linguini, personajes principales de la última maravilla de la Pixar.
A esto nos tiene bien acostumbrados esta corporación que, según mi singular apreciación, es ahora lo que Disney era hace un par de décadas atrás. Tal vez resulte un tanto difícil establecer un punto de comparación, una hebra común para ambas madejas pero, como ya había advertido en alguna entrada previa, es una apreciación, al igual que lo es el hecho de que crea que, si bien de chica soñaba con trabajar en Disney, ahora más bien me incline por hacerlo en Pixar. Pienso que actualmente posee ese hilo conductor (¿magia?) que es capaz de despertar las emociones más dulces y nobles de cualquier ser humano, sea cual sea su condición.
Aún no se le conoce un lenguaje subliminal como se pretendió -con razón o sin ella- atribuírsele a Disney en su momento, pero lo cierto es que construye una realidad de ensueño: moldea la vida, la recrea tal y como la haría un actor, un escultor, o cualquiera capaz de darle forma a lo real y a lo irreal, a la forma y al fondo, al molde y a la esencia, al cuerpo y al alma…
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Espero poder contribuir en alguna otra ocasión, no muy lejana espero, con un post algo más extenso que este, relacionado con alguno o varios de estos temas. No diré lo que todos o la gran mayoría ya percibió, todos incluidos chefs, quienes han debido ya haberse conectado con la historia de una manera especial: que la película es emotiva por su gracia y belleza, y qué me dicen de la banda sonora, de lujo ¿no? ¡A querer a las ratas se ha dicho!
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Me despido, hasta pronto, nos vemos.
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